Si existe tanta diferencia entre un jamón común y corriente a uno ibérico de bellota, será por algo ¿no?

Y es que el aforismo de antaño sigue vigente: “somos lo que comemos”.  Pues lo mismo pasa con nuestro cerdo ibérico, aparte de la raza, es lo que come.

Estos dos “detalles” hacen que el sabor marque la diferencia, pero no solo eso, sino que este tipo de tratamiento hace que se le confieran a la pieza unas características inigualables a la par que saludables.

Bueno, es un poco de todo. Además del tipo de alimentación a base de bellota y la raza, se le suma la cría y trato del animal.  Esta es la base de todo lo demás, pero para que la pieza final sea una locura de sabor existen otros factores que determinarán el producto final, como por ejemplo el ejercicio diario y la vida en libertad en montanera lo cual hace que la grasa de las bellotas (más de un 90%) se infiltre en la carne, haciendo que le transmita, junto el resto de alimento natural como el pasto y raíces, todo el sabor del campo.

Todo esto se traduce en una alimento sano y completo donde la presencia de ácido oleico es mayor, refiriéndonos unos efectos beneficiosos como que el colesterol malo descienda y el bueno se genere.

El porcentaje de ácidos grasos insaturados en los productos de cerdo ibérico de bellota hace que la carne derivada de estos animales sea considerada de las más cardiosaludables.

Además de todo esto, el jamón ibérico de bellota nos aporta proteínas de altísima calidad, minerales y antioxidantes.

Como todo en la vida, hay que encontrar el equilibrio, por muy bueno que sea el jamón no hay que atiborrarse, no hay que abusar. Comer todos los días y mejor por la mañana una ración de jamón con una tostada es uno de los placeres gastronómicos que más agradece nuestro organismo, por eso terminamos el artículo con otro refrán que dice: “lo bueno, si breve, dos veces bueno”.