Probar un anacardo te lleva a otro anacardo y así hasta que ya no queda ni rastro de ellos. Pero afortunadamente estamos hablando de un alimento con unas propiedades nutricionales excelentes. Aunque muchos apostaríamos a que es realmente un fruto seco, realmente es una semilla que se encuentra dentro de una nuez cuya cáscara contiene una resina muy tóxica, de la cual se le separa a través de un tratamiento de calor. Por esto es difícil encontrar el anacardo crudo.

Este alimento es muy valorado en América Latina donde se le conoce con otros nombres. Al rico y saludable alimento con el nombre de anacardo se lo dio el monje y naturalista francés André Thevet, a quien su forma le recordó la de un corazón invertido (“ana” significa “hacia arriba” y “cardium”, “corazón”).

La ración recomendada de anacardos es de unas 20 semillas (unos 30 gramos) que nos aportará entre 160 / 170 calorías, 14 gr de grasa y 1 gramo de fibra. La cantidad de grasa es menor que en las almendras, por ejemplo, pero posee el doble o más de ácidos grasos monoinsaturados (como los del aceite de oliva y el jamón ibérico de bellota) beneficiosos para el sistema cardiovascular, convirtiéndose en el top, comparándolo con las pipas de calabaza, los pistachos, las nueces o los piñones, por ejemplo.

Incluye dos minerales que escasean en según qué dietas, el cobre y el magnesio. Para mujeres embarazadas es el complemento perfecto, ya que les aportará hierro y ácido fólico. Por otra parte esta semilla es rica en vitaminas B1, B2, B6, B9, A, C, E y D.

Este puñadito diario reduce el colesterol, los fitoesteroles mejoran los síntomas de la menopausia, además uno de los aminoácidos que hacen famosa a esta semilla es el triptófano, precursor de la serotonina y la melatonina, por lo que la inclusión de los anacardos en nuestra dieta puede ayudarnos a descansar además de hacernos un poquito más felices.