Según un relato anecdótico, se atribuye el origen del champagne en el año 1668 a un hecho ocurrido en la abadía francesa de Hautivillers, cuando un fraile (Dom Perignon) despertó sobresaltado al oír una explosión debajo de su cama donde había escondido unas botellas de vino para su propio consumo y vio que algunas de ellas se habían destapado. Al probar el vino fue cuando dijo la famosa frase “venid, venid hermanos que estoy bebiendo estrellas”. Asombrado, tuvo que dar parte al abad de su hurto contándole lo que había sucedido.

El abad le impuso penitencia y quiso que repitiera la experiencia, pero esta vez escondiendo las botellas en la bodega y de la misma manera para ver si esto volvía a suceder. Cuando pasó el invierno sacaron las botellas de la bodega y con todos los frailes reunidos probaron todos este fabuloso vino. En esta prueba se fijaron que el vino que hasta la fecha se almacenaba en cubas desprendía burbujas, dándose cuenta que al embotellarlo se producía una segunda fermentación.

Existía un problema y es que no sabían cómo cerrar las botellas, hasta que un día el abad encontró a unos peregrinos españoles que cerraban sus cantimploras con corcho, esto le animó a hacer lo mismo con el vino atando además una cuerda para que se cerraran con más firmeza. Por otra parte, se relata que fue el mismo monje Pierre Pérignon el que asió el tapón con un bozal de alambre.

El cava y el champagne son dos vinos espumosos y se elaboran de la misma manera, dejando que la segunda fermentación ocurra en la botella dando lugar a las burbujas. Cada D.O. según las características de cada región y la uva utilizada produce su vino con resultados totalmente distintos en sabor.

En cuanto al maridaje con el jamón, aunque se ha escrito poco sobre esto, combinan armoniosamente y los más entendidos dicen que los matices del jamón crecen y se potencian.