Lo primero que hacemos al ir a comprar un jamón es verlo, curiosearlo con la vista. Analizamos queriendo o sin querer sus curvas, como está su pezuña, su densidad, tamaño, la grasa, el moho. 

Los aficionados al buen jamón y los profesionales claro está, disfrutamos de cada momento relacionado con este manjar, se puede imaginar cómo va a estar el jamón antes de probarlo viendo su amarillenta grasa a la hora de limpiarlo, las vetas de las lonchas, el brillo que luce. Todas estas características nos deben haber hablado ya de su estancia en montanera donde fue engordado.

El magro también nos da información visual, ese color rojo, burdeos intenso brillando a temperatura ambiente, la tirosina cristalizada por la superficie indicadora de una curación adecuada donde se albergará finalmente el sabor y el aroma que siempre buscamos y que se canalizará en cualquier momento en nuestro paladar convirtiéndose en placer .

Con toda esta información y con la experiencia que concede el tiempo dedicado al disfrute de esta joya gastronómica, realmente se puede adivinar si nos va a gustar la pieza, también hay que decir que hagamos lo que hagamos e imaginemos de todas las maneras posibles, cuando nos introduzcamos la loncha en la boca como todas y cada una de las veces nos sorprenderemos. Inmediatamente nuestros sentidos catalogarán a ese jamón en concreto con el resto que conocemos dándole el lugar que le corresponde en nuestro ranking particular.

Cuando se disfruta de un buen jamón se disfruta desde el primer momento en que lo ves y con todos los sentidos, pero el primero… la vista.