De todos es sabido que del cerdo se aprovecha todo, desde el morro hasta la punta de su rizada cola y de ahí hasta las pezuñas. No vamos a incidir en este artículo sobre las bondades del lomo o el solomillo porque ya de sobra las conocemos, al igual que la panceta, las chuletas o el costillar.

Existen partes del cerdo que no se suelen preparar en casa, nos hemos acostumbrado a consumirlas en los bares y restaurantes en forma de tapa. Es el caso de la oreja que se adoba o se añade a los guisos para dar más sabor, el magro del cuello es una carne con mucha grasa pero muy tierna ideal para las hamburguesas y albóndigas, la papada también indicada para darle sabor a los guisos y ni que decir del rabo con ese extraordinario y particular sabor. En las patas delanteras encontramos el codillo de sabor contundente y las manos que siendo muy gelatinosas cocinadas al horno no engordan nada.

De las tripas se hace el chorizo, la sangre se aprovecha para hacer morcilla y los sesos para hacer la butifarra, la carrillada, el famoso morro.  Cada parte o porción del animal es escogida y troceada para cualquiera que sea su preparación.

De los jamones no vamos a hablar, pero sí de sus huesos, que también se aprovechan al máximo para preparar un buen caldo y de uno de los rincones del animal el “secreto” mejor guardado del cerdo, que es la parte carnosa escondida entre la costilla, la paleta y la panceta. Siempre se ha dicho que esta parte era desconocida por que tiene un aspecto afeado y los carniceros no conseguían venderla, por lo cual la consumían ellos mismos. Descubrir este secreto y probarlo cocinado a la plancha es una experiencia para el paladar.